El Boca de Tevez vs. el River de Gallardo. El equipo que trajo a Osvaldo ante el que busca un delantero. El que mejor incorporó contra el que empieza un nuevo ciclo.
De un lado, el campeón. Del otro lado, el campeón. De América uno. Del país el otro.
No siempre hay lógica en esto del fóbal: el candidato, el que menos garpa en las apuestas, es el campeón argentino y no el que viene de jugar la final del mundo en Japón contra el mejor equipo de todos los tiempos. Y es real: Boca, el Boca que tenía a Tevez y sumó a Osvaldo y que de yapa también puede sumar a Insaurralde, está más y mejor armado que River y difícilmente alguien se anime a discutirlo. De arriba a abajo. De una delantera que se estrenará esta noche en Mardel y que podría ser el ataque titular de cualquier equipo europeo que juegue de cuartos de final de Champions League para arriba (de hecho, hace un par de años lo era, en Juventus), a un equipo que busca un delantero a los tumbos, desesperado, sin demasiado plan: Tevez y Osvaldo representan todo lo que no tiene este River al que se enfrentarán esta noche.
De un lado un equipo que desde el final del año pasado viene en alza, aun saliendo campeón del torneo local sin demasiadas luces y de la Copa Argentina directamente a oscuras con la remera flúo de Ceballos como única luminaria. Pero en alza al fin, y encima reforzado. Sin Calleri, es cierto, pero con la jerarquía de Dani Stone. Un equipo que a falta de uno, trajo dos laterales izquierdos de nivel europeo mientras del otro lado deshojan la margarita contando los últimos días de Vangioni y soportando a un Casco que, hasta aquí, jugó siempre con un ídem en la testa. Un equipo que pierde un partido de verano con suplentes y a los dos días ya cierra, por las dudas, a un central de nombre como Insaurralde, contra otro que en los entrenamientos de pretemporada ya tuvo que improvisar a Ponzio y a Arzura como zagueros por falta de stock en el puesto.
Los hinchas de Boca caminan con más ilusión aquí en las calles de Mardel: tienen la convicción de que, si no ocurre nada extraño, este año será suyo; que esta Copa Libertadores no se debería escapar como se escapó el año pasado a manos del rival de siempre. Que por el peso de los nombres, no tiene mucha contra en esta partecita del mundo. Y los de River andan con más incertidumbre, con la nostalgia de un equipo que sin Funes Mori, Rojas, Sánchez, Kranevitter, Teo y Cavenaghi (y ya extrañando seis meses antes de la despedida a Barovero y Vangioni) ya no volverá a ser lo que fue. Con esa incertidumbre que genera ver un 11 nuevo, con otro sistema, y sobre todo ver desde afuera que el plan parece ser apostar absolutamente todas las fichas a jugadores que vienen de rendir 1 ó 2 puntos (y que así lo hicieron también en el debut estival ante Independiente) en un semestre que si no hubiera tenido el Mundial de Clubes por delante y la Copa Libertadores por detrás se hubiera visto bastante más catastrófico de lo que se apreció. Con cierta expectativa, sí, por ver esta noche al único jugador que despertó algún tipo de ilusión, que es Nacho Fernández, pero no mucho más. Esas dos realidades se cruzan en la noche Mar del Plata, con hinchada de un lado y del otro como sólo ocurre en el verano. Afortunadamente, siempre habrá alguien que, después de apretar Play en la casetera, dirá que es un clásico y que no importa cómo llegue cada uno. Y en una de ésas tiene razón.
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